Hay vidas que no necesitan alardes para ser grandes.
Desde tu cuna, granadina, portadora de un noble linaje, sencilla, de esfuerzos diarios y horizontes cortos, Mariluz, supiste mirar lejos. Muy lejos.
En esos años duros tomaste una decisión valiente, casi impensable entonces para una mujer. Te marchaste con poco equipaje y muchas incertidumbres, pero también con una determinación silenciosa que siempre llevabas contigo. Tal vez lo sacaste de mi tía María.
Aprendiste un idioma nuevo, te adaptaste a una tierra distinta y fuiste capaz de salir adelante lejos de casa. Construiste tu camino paso a paso. Nunca te rendiste. Tal vez eso lo sacaste de mi tío Juan.
Regresaste a Sevilla con la experiencia de quien ya había vivido mucho, pero con todo por hacer. Traías el deseo de aportar, de crear algo duradero, algo que ayudara a otros a avanzar. Para eso tenías en tus genes la determinación de mi tía y la fortaleza de mi tío.
Fuiste eso, una mujer discreta, firme y generosa. Mujer que enseña sin imponerse, que impronta, que nunca buscó el reconocimiento. Mujer que hizo que los demás creyeran más en sí mismos.
Qué pena de tus últimos años. ¡Lo que me hubieras enseñado! Pero la vida es muy injusta, sobre todo cuando borra nuestros recuerdos. ¡Ja, ja! pero nunca borrará lo que fuiste ni lo que dejaste. Tu vida no la vamos a medir por tu triste final. Tu legado hay que medirlo en las personas, en las oportunidades que has abierto y en esos caminos que hoy muchos siguen recorriendo gracias a ti.
Querida prima, vete tranquila que tu historia permanecerá, tu ejemplo seguirá acompañándonos y tu recuerdo vivirá siempre en quienes tuvimos la inmensa suerte de conocerte.
Descansa en la paz De Dios.
PD. Dale un beso a mis padres.

Por Antonio Arenas Casas, Catedrático de veterinaria y Vicerector de Formación Continua, Emprendimiento y Empleabilidad de la Universidad de Córdoba, y primo hermano de nuestra querida y difunta Mariluz Arenas Casas. Descansa en paz, tu legado permanece.

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